Fernando el Católico mandó derribar la fortaleza de Benalmádena en 1485, y la villa quedó yerma hasta la carta de repoblación de 1491. Los desembarcos de corsarios siguieron todo el siglo XVI, y para dar aviso se repararon las torres Bermeja y Quebrada y se construyó la del Muelle; desde 1560 los ataques fueron a menos.
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